No es que la IA esté matando al contenido educativo

En realidad la tragedia es peor y es otra cosa

By Alexia

Hoy miraba un video del canal Fern en YouTube titulado “la muerte del contenido educativo a manos del AI slop”. Entiendo lo que plantea, pero no sé si estoy completamente de acuerdo con la causa. A ver, permítanme explicar:

El AI slop efectivamente está inundando YouTube. Más de uno de ustedes seguramente ya se ha cruzado con algún video con un título interesantísimo, sólo para hacer clic y escuchar un guion genérico sin alma, redactado con IA y narrado con una voz sintética que se re nota.

Se estima que más del 30% del contenido en YouTube en estos últimos años está siendo generado con IA. La plataforma ha empezado a sentir los efectos y ha endurecido sus políticas, desmonetizando o directamente eliminando canales en algunos casos.

Pero, para mí, la tragedia viene por otro lado.

No es que el slop esté matando a los canales educativos de forma directa; nadie mira un canal automatizado de IA y de golpe deja de mirar el mío. El problema es más indirecto y bastante más tóxico: el slop hoy nos está marcando la cancha, está intentando imponer las reglas del juego.

Cuando el algoritmo empieza a premiar volumen, ritmo acelerado, ganchos cada tres segundos y una cantidad de contenido que un humano no puede sostener cuidando la calidad, el slop no compite por tu audiencia: compite por definir qué significa el éxito en la plataforma. Y es ahí donde entra el pánico. Creadores con trayectorias reales y procesos de producción de años sienten que se están quedando atrás. Y no es porque su contenido sea malo, sino porque el termómetro de lo “competitivo” lo maneja una máquina que no duerme, no investiga y no duda.

Para mí, ahí radica la verdadera tragedia. No es el slop en sí mismo, sino que esos canales que yo miraba por su forma de explicar, por su sello personal, empiezan a apurar procesos. Hacen cada vez más cosas con IA, usándola como reemplazo y no como herramienta.

A veces por pereza o para meter más contenido en menos tiempo; a veces por necesidad económica, en el afán de mantenerse a flote y evitar que el algoritmo los penalice por falta de constancia, terminan pareciéndose exactamente a lo que criticaban. En la carrera por no perder terreno contra lo genérico, terminan volviéndose genéricos ellos mismos.

Y eso es lo que más me preocupa como creadora. No me jode que el slop exista (el relleno estuvo siempre en todos los medios); me preocupa que corra el eje de la industria hacia la idea de que la única forma de sobrevivir es sumarse a ese contenido sin alma, al fast food del conocimiento. Canales que antes eran auténticos, con una voz reconocible, hoy suenan como si los escribiera la misma entidad. Y eso es exactamente lo que está sucediendo.

Hay canales y canales…

Yo formo parte de una comunidad privada para creadores de contenido llamada YouTube Partnered.

Ahí veo casi a diario gente que pregunta por algún tópico nicho que rinda plata. Siempre me muerdo los dedos antes de responder, porque me parece una forma horrible de abordar la creación de contenido. Es un poco como lo que planteaba Arthur Schopenhauer en su ensayo Sobre la escritura y el estilo, donde decía que existen dos tipos de autores: quienes escriben porque tienen algo que decir, y quienes escriben simplemente por el hecho de escribir. En el primer escenario la obra tiene alma, entretiene y nutre; en el segundo caso, no es más que un palabrerío pomposo que no te deja ni te dice absolutamente nada.

En mi caso, llevo más de 20 años trabajando en esta industria y jamás se me cruzó por la cabeza hacer YouTube. Esta historia ya la conté antes: le estaba reparando la computadora a mi pareja y filmando las partes del proceso, cuando me dijo: “Muy lindo lo que estás contando, ¿por qué no lo subís a YouTube?”. Y así nació básicamente el canal La Chica de Sistemas. No fue para monetizar ni para hacerme famosa (aborrezco la fama y el bullicio, soy una persona muy privada), sino para compartir mi recorrido con gente que labura de esto o que está dando sus primeros pasos en tecnología y sistemas.

No tenía un plan, no sabía grabar ni filmar ni nada. Pero sí tenía el contenido: mis años de experiencia real como administradora de sistemas y entusiasta de la tecnología. Si bien gano plata con YouTube, nunca fue mi ingreso principal y es algo que hago exclusivamente en mi tiempo libre. YouTube antes era un poco así: expertos o personas con algo genuino para compartir, grabando de manera amateur y sencilla, a contramano de las producciones televisivas tradicionales.

Armar una comunidad, aunque sea mediana a grande —en el orden de los (casi) 50.000 suscriptores—, me llevó tiempo. Mi canal no explotó de un día para otro; fue más bien encontrar de a poco cómo sonaba mi propia voz al hablar de estos temas: cuándo meter humor, cuándo ponerme más técnica, cuándo hablar de manera directa y cuándo incluirme en la crítica para no sonar como alguien que opina desde un pedestal. Ese tono no se adquiere en un día. Se madura con el tiempo, video tras video, leyendo comentarios, creciendo y aprendiendo el oficio.

Además, cuando yo empecé en YouTube no usaba IA porque simplemente no existía. Así que si alguien notara un antes y un después en mi canal, no sería por culpa de una herramienta, sino porque yo hubiera dejado de ser auténtica. La IA ya lleva unos cuantos años con nosotros y, sin embargo, la gente que entra a mi canal sigue escuchando a la Alexia de siempre, con el mismo respeto, criterio técnico y sentido del humor sano de costumbre. Es decir: para mí la IA no quita identidad; lo que resta identidad es la decisión de usarla para que piense por vos en lugar de que te ayude a estructurar mejor una idea.

Yo igualmente tuve que repensar el contenido. Siendo sincera con ustedes, hoy si alguien necesita resolver una duda de sistemas sencilla se la pregunta a cualquier IA y en dos segundos obtiene la respuesta. Nadie entra a mi canal a buscar un dato que no esté en otro lado; si entran, es porque les gusta cómo explico las cosas. No es el tema en sí: es la forma. Y esa forma es literalmente lo único que un modelo de lenguaje no puede generar por mí, porque es lo único 100% mío.

Y este es el contraste que quiero remarcar: ese proceso lento de encontrar nuestra voz es justo lo que el AI slop y la presión algorítmica quieren empujarnos a saltear. Si las métricas te marcan que publicar rápido y seguido rinde más, es lógico que más de un creador se tiente con cortar camino. El drama es que ese atajo casi siempre pasa por el lugar donde vive la esencia: el guion, la edición y esas decisiones de tono que antes tomaba el creador y que hoy delega en la máquina. El resultado es una voz totalmente distinta: genérica y desangelada.

En contenido técnico, el impostor salta al toque

En algunos nichos ese desajuste de voz quizás ni se note. El humor, los videos de lifestyle o el entretenimiento general pueden bancarse un guion más genérico sin tanto drama, porque la clave ahí es entretener, no demostrar solidez técnica. Pero en nuestro rubro, la historia es otra.

Cuando la gente mira un video sobre systemd, sobre por qué Linux no termina de despegar en el escritorio o sobre decisiones complejas de arquitectura, no busca únicamente pasar el rato. Busca que quien esté frente a la cámara entienda de raíz lo que está explicando. Un guion desconectado de la experiencia práctica se nota en los detalles: en el ejemplo que elige el creador, en ese matiz que aclara porque sabe de memoria dónde suele fallar la configuración, o en la anécdota que comparte porque le pasó de verdad en producción un domingo a las tres de la mañana. Eso no lo inventa un modelo de lenguaje sin que un humano con calle lo filtre y lo corrija.

Y volvemos al problema de fondo. Cuando un creador técnico cede ante la presión del slop, delegando el guion y revisando poco, no pierde solo “voz”. Pierde la gracia de tener a un profesional con trayectoria explicando el problema. Y seamos honestos: la audiencia técnica es bastante exigente y se da cuenta al instante cuando algo hace ruido.

Les doy un ejemplo súper concreto con algo que parece menor: el criterio al usar expresiones populares.

El lunfardo no es blanco o negro

Uno de los errores más difíciles de pescar en un texto de IA no es la gramática. Los modelos de hoy conjugan bien, tildan bien y respetan el género y el número. El error que se les escapa versa sobre el uso del lenguaje popular. No alcanza con que un modismo exista en el lunfardo rioplatense para que suene natural; hay todo un trasfondo de contexto, edad, barrio y código compartido que no te lo enseña ningún diccionario ni ningún prompt.

Por darles un ejemplo: si digo “hoy anduve en patas porque hacía calor”, nadie lo va a ver mal. Es lunfardo, sí, pero tan cotidiano que entra perfecto en cualquier charla informal. Ahora, si meto una frase súper de nicho, forzada para una generación que no es la mía o deliberadamente vulgar, dejo de ser yo. Empiezo a actuar un personaje. La gente quizá no sabe explicar con exactitud milimétrica qué hace que yo, Alexia, suene a La Chica de Sistemas y no a cualquier otro canal, pero les basta con reproducir un video mío para reconocer el timbre de voz, el ritmo, las pausas y el sentido del humor. Y eso no es algo que la IA pueda copiar, porque ni siquiera es puro texto: es algo inherente a cómo soy.

Un modelo de lenguaje no capta esas sutilezas porque no las experimenta; no tiene historia de vida. Procesa el lenguaje de forma estadística, pero carece del instinto de un hablante real que sabe cuándo un término calza justo y cuándo suena forzado o fuera de registro. Para mí, ese es el error más peligroso. No salta como una falta de ortografía tradicional, pero genera un ruido de fondo que te deja pensando: “che, esta persona no habla así”. ¿Es realmente una persona?

Llevado a lo técnico, ocurre exactamente lo mismo. No es solo que tiren mal un comando o un dato: es un problema de autenticidad. Por eso en canales como el mío la vara es distinta. No se trata solo de no sonar genérica; se trata de no perder lo único valioso que podemos aportar frente a una búsqueda rápida en Google o ChatGPT: el criterio de alguien que se embarró las patas en la trinchera. No es lo mismo mirar el canal de una vieja loba de sistemas que caer en un video con guion, voz en off y clips íntegramente fabricados por un algoritmo.

Dónde uso la IA y dónde no

No soy anti-IA; de hecho, la uso a menudo en mi laburo y también para el canal. Me sirve para investigar, ordenar ideas o contrastar datos. Pero ojo al piojo: lo que no hago es copiar y pegar. Jamás uso el texto tal cual sale de la ventana de chat, porque ese texto es de Gemini o de Claude, no mío. Yo soy quien lee, aprende, descarta, sintetiza y, en última instancia, escribe el guion.

Ese filtro es lo que marca la línea entre usar la IA como apoyo o usarla como sustituto. No pasa por calcular qué porcentaje de la investigación procesó la máquina, sino por qué parte fundamental del proceso creativo estás dispuesto a tercerizar. ¿Buscar referencias? Sí. ¿Estructurar puntos clave? Muchas veces. Pero la voz final, el ejemplo exacto, la analogía y el remate con humor… eso no se negocia.

Y esto no responde a ningún capricho ideológico ni a una postura tecnófoba; los modelos de lenguaje son herramientas fantásticas que potencian muchísimo mis capacidades de trabajo diario.

No delego mi escritura a la IA por pura salud mental. No quiero que se deteriore mi capacidad narrativa ni mis funciones cognitivas. Quiero seguir ejercitando el criterio propio, tal como lo hice todos estos años. En mi empleo diario me confían infraestructuras críticas y herramientas costosísimas porque tienen la tranquilidad y la certeza de que, si estoy mirando yo, las cosas se hacen a conciencia.

Y en YouTube, mi comunidad tiene la tranquilidad de que cuando subo un video me van a escuchar a mí. Saben que pueden seguir el proceso de armado en mis historias, y que mis videos, en lugar de publicarse cada tres horas, tardan unos veinte días en salir porque los voy tejiendo en mis ratos libres: en una tardecita libre o durante el fin de semana. Porque, antes que nada, tengo una vida, una profesión y un hogar de los que ocuparme.

Así que, para mí, la gran tragedia no es simplemente que el AI slop esté saturando plataformas. La verdadera tragedia es que muchos creadores valiosos, empujados por el miedo a que el algoritmo los vuelva invisibles, aceleran sus procesos para producir más y más rápido, sacrificando en el camino el activo más valioso e irreemplazable que tenían: su propia identidad.

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